Recordando el Cottolengo

Sitúate en medio de la gran vía Barcelonesa, ¿Qué ves? Gente corriendo en direcciones opuestas, un murmullo incesante, el tráfico, mil y un colores diferentes haciendo que te enamores de la ciudad. Te mueves. Se divisan las torres de la sagrada familia a lo lejos. Te giras. Percibes la tranquilidad del mar. Levantas la vista.  Las nubes se mueven en su curso natural. Te dispones a bajar la vista cuando a lo lejos, en una de las colinas, ves un cartel. La curiosidad te puede y enfocas la vista para leerlo. Ves que, con letras simples de color azul, el cartel te da la bienvenida a Cottolengo del Padre Alegre.

Lo que jamás imaginas es que dentro de ese edificio se encuentra un mundo totalmente alejado al tuyo, un mundo donde la generosidad impera y el cariño se siente en todas las esquinas. Dentro, religiosas de la Congregación de Servidoras de Jesús del Cottolengo junto con voluntarios y enfermos forman una familia poco común pero inigualable.

Al salir el sol, las religiosas se disponen para comenzar el día. La rutina, que ya está grabada en la memoria de todas, comienza. En medio de esta rutina los voluntarios de la ciudad aparecen y desaparecen por momentos, todos aportan su granito de arena haciendo que esto forme parte de su vida. En alguna ocasión, los que aparecen por allí son grupos de voluntarios. Venidos de diversos lugares del mundo, estos se sumergen en la vida del Cottolengo por unos días que no les dejaran indiferentes. Este fue nuestro caso.

Una mañana de julio como cualquier otra, llegamos a la puerta blanca del Cottolengo. Nerviosos, hicimos el recorrido que repetiríamos durante cinco días. Sin saber muy bien a que nos disponíamos, nos dividimos en grupos y cada uno comenzó con su labor. Subiendo por las plantas de la residencia nos encontramos con los primeros enfermos, el primer contacto fue realmente impactante. Descubrimos una realidad que hasta el momento no habíamos siquiera imaginado. Para cuando cada grupo llegó a su lugar de trabajo, ya era la hora de la comida y la primera tarea consistió en dar de comer a esos pacientes que tan descolocados nos habían dejado.

Observándolo ya desde la distancia, vemos todo lo que esos cinco días nos aportaron. Hemos aprendido a apartar los prejuicios. A ver lo bello que hay dentro de cada persona. A dejar que lleguen a nuestro corazón. A que muchas veces las palabras no importan sino lo que trasmitimos con nuestros gestos.

En el comedor, los olores se mezclaban con los ruidos de las sillas y una melodía que nunca olvidaremos. Con manos temblorosas y sintiéndonos totalmente fuera de lugar conseguimos llevar a cabo lo que debíamos hacer. Cuando terminamos y nos reunimos entre nosotros el sentimiento era común, todos estábamos completamente perdidos y abrumados. Todos compartíamos el mismo miedo, el de no saber tratar con aquellos enfermos que padecían discapacidades muy complejas y delicadas. Pero para nuestra sorpresa, conforme iban pasando las comidas y las cenas pusimos cara, nombre e historia a los pacientes, comenzamos a sentirnos menos temerosos y a acercarnos más a ellos. Aunque para ser honestos, fueron ellos los que se acercaron a nosotros. Fueron ellos los que nos trataron como amigos/iguales. Fueron ellos los que nos hicieron sentir que estábamos en casa.

Cuando pasábamos con nuestras batas blancas por los pasillos llevando el carrito de la comida, alguna se nos enganchaba por detrás o nos pisaba con su silla de ruedas mientras se reía pícaramente. Estos momentos son los que nos hicieron sentir en familia y serán los que por siempre se guardarán en nuestra memoria.

Poco a poco fuimos deshaciéndonos de ese miedo inicial y llegó el momento en el que comenzamos a dar lo mejor de nosotros. Sin el temor que nos frenaba nos lanzamos de lleno en las relaciones que estábamos tejiendo y nos dejamos invadir por las sensaciones que nos trasmitían las personas del Cottolengo. Viendo así las cosas, diariamente esperábamos deseosos el momento de volver allí para poder reír junto a ellos.

Con todas las emociones que estábamos sintiendo en aquellos momentos, no nos dimos cuenta de que el final de esta experiencia se acercaba. El último día nos pilló casi por sorpresa. Como siempre, intentamos dar lo mejor que teníamos pero por dentro sentíamos un vacío cada vez mayor. Vimos pasar las horas rápidamente hasta que llego el momento de decir “hasta luego”. Como todas las despedidas, esta también fue amarga y no pudimos evitar dejar caer alguna lágrima.

Observándolo ya desde la distancia, vemos todo lo que esos cinco días nos aportaron. Hemos aprendido a apartar los prejuicios. A ver lo bello que hay dentro de cada persona. A dejar que lleguen a nuestro corazón. A que muchas veces las palabras no importan sino lo que trasmitimos con nuestros gestos.

Por todo esto, agradecemos la oportunidad que se nos ha brindado y a todas las personas que han hecho que esta experiencia sea única.

Uxue Díez Guiral

 

“Es inaceptable que a los fallecidos en las fronteras se les haga culpables de su miseria y de su muerte”

“Es inaceptable que el negrero de ayer perviva en los gobiernos de hoy”

“Es inaceptable que haya fronteras impermeables para los pacíficos de la tierra”

«No hace falta que nadie lo interprete, pues está dicho para que lo entiendan incluso los niños: “Parte tu pan con el hambriento, hospeda a los pobres sin techo, viste al que va desnudo”. Y después del mandato al alcance de todos, por si hiciese falta, se añade la razón que lo sostiene: “No te cierres a tu propia carne”. ¡El hambriento, el pobre sin techo, el desnudo, son “nuestra propia carne”!

“No te cierres a tu propia carne”: Este único conocimiento bastaría para que fuese otra la política de las fronteras, otra la lógica de nuestros razonamientos, otra el motivo de nuestras manifestaciones, otra la matriz de nuestras preocupaciones, de nuestras aspiraciones, de nuestras quejas, de nuestras opciones.

“No te cierres a tu propia carne”: Si entras por el camino de esta sabiduría, “romperá tu luz como la aurora”, delante de ti irá la justicia, detrás irá la gloria del Señor, brillará tu luz en las tinieblas, tu oscuridad se volverá mediodía”.

“No te cierres a tu propia carne”, y el pan que compartes con el hambriento, te hará luz para el indigente, como es luz para ti el que, con su vida en las manos como un pan, dijo: “Esto es mi cuerpo, que se entrega por vosotros”.

“No te cierres a tu propia carne”: Sienta a los pobres a la mesa de tu vida, y tú serás para ellos la luz con que Dios los ilumina.

Y a cuantos una y otra vez me recuerdan que la Iglesia no es una ONG, una y otra vez recordaré que los pobres son “nuestra propia carne”, y que mi pan es su propio pan, y que la Iglesia es su propia casa.»

Ése era, queridos, el mensaje que había preparado para acercarme con vosotros al misterio de la palabra que oiremos proclamada en la liturgia del V domingo del tiempo ordinario; pero los acontecimientos reclaman transformar la suavidad de la exhortación en denuncia de lo que es inaceptable.

Lo inaceptable:

Es inaceptable que la vida de un ser humano tenga menos valor que una supuesta seguridad o impermeabilidad de las fronteras de un estado.

Es inaceptable que una decisión política vaya llenando de sepulturas un camino que los pobres recorren con la fuerza de una esperanza.

Es inaceptable que mercancías y capitales gocen de más derechos que los pobres para entrar en un país.

Es inaceptable que las políticas migratorias de los llamados países desarrollados, ignoren a los empobrecidos de la tierra, vulneren sus derechos fundamentales, y se conviertan en el caldo de cultivo necesario para multiplicar en los caminos de los emigrantes las mafias que los explotan.

Es inaceptable que haya fronteras impermeables para los pacíficos de la tierra, y no las haya para el dinero de la corrupción, para el turismo sexual, para la trata de personas, para el comercio de armas.

Es inaceptable que la política obligue a las fuerzas del orden a cargar la vida entera con la memoria de muertes que nunca quisieron causar.

Es inaceptable que el mundo político no tenga una palabra creíble que dar y una mano firme que ofrecer a los excluidos de una vida digna.

Es inaceptable que a los fallecidos en las fronteras se les haga culpables, primero de su miseria, y luego de su muerte. Ellos no son agresores: han sido agredidos desde que sus corazones empezaron a latir al sur del Sahara, hasta que se paran para siempre en las aguas de nuestra indiferencia.

Es inaceptable que el negrero de ayer perviva en los gobiernos que hoy vuelven a encadenar la libertad de los africanos, supeditándola a los intereses económicos de un poder opresor.

 

Desde la impotencia a la esperanza:

Queridos: ante el drama de sufrimientos y muerte en que el poder ha convertido los caminos de los emigrantes, es difícil que apartemos de nuestro corazón sentimientos de frustración, de impotencia, de tristeza, de indignación. Pero nuestro compromiso con la vida de los pobres no nace de esos sentimientos, sino de un amor incondicional, un amor fiel, que a todos se nos ha manifestado, y que a todos nos ha reunido para siempre en el único cuerpo de Cristo.

“No te cierres a tu propia carne”: no te cierres al sufrimiento de Cristo.

En este camino el poder no puede seguirnos. A él sólo le pedimos que sea justo. A nosotros el amor nos pide dar incluso la vida por el bien de los demás.

Y son muchas las cosas que, hasta dar la vida, podemos hacer: Tenemos la fuerza del amor y de la oración, una fuerza que es capaz de mover el mundo. Podemos hacer que los emigrantes no estén solos en su camino, y podemos dejar solos a quienes, gobiernos o mafias, les están robando la vida.

Podemos compartir con el emigrante nuestro poco de leña, nuestro poco de agua, la última harina de nuestra vasija, el último aceite de nuestra alcuza. Podemos darles voz para que se escuche su grito, podemos llamar a las puertas de cada conciencia para que la sociedad reclame una nueva política de fronteras, y, con terquedad de discípulos de Jesús, podemos recordar a cada hombre que es su propia carne, también la de Cristo, la que, día a día, es condenada a muerte en las fronteras del sur de Europa.

 

Queridos: no me dejéis sin vuestra oración.

Santiago Agrelo, arzobispo de Tánger