Basida 2015

Durante la segunda quincena del pasado mes de julio, un grupo de 9 jóvenes (más dos acompañantes) de Valladolid y Bilbao hemos estado en Basida (Aranjuez) de campo de trabajo. Basida es una casa de acogida en la que se convive con enfermos de sida y personas drogodependientes.

Así,  el día 18 de julio, salimos de Bilbao con ganas de compartir una semana con todos ellos, de formar parte de su rutina y aprender unos de los otros. La experiencia en la casa ha sido genial, nos hemos sentido parte de la familia y hemos colaborado en las distintas tareas que nos han propuesto. Tanto limpiando, moviendo muebles, cocinando… como estando con los “peques” de la casa.

Tras pasar una semana intensa en Aranjuez, nos reunimos unos días en El Pajarón (Madrid). Fue un tiempo para reflexionar sobre cada encuentro vivido y analizarlo todo desde una perspectiva más humana, sin dejar pasar ningún detalle. Volvemos a casa contagiados de la fuerza y de la alegría que allí se respira. Con ganas de seguir construyendo una realidad más justa, llena de personas auténticas y que como en Basida, ponen pasión en lo que hacen y celebran cada día.

Caminantes 2015: Por fuera y por dentro.

“Aspiranteh’: Noh’ encontramoh’ en Villafranca, Tierra de quesoh’ y vinoh”’. Así, con el buen humor por bandera y entonando una presentación al más puro estilo Masterchef, comenzábamos el Camino de Santiago 2015. En una de las ediciones más numerosas jamás organizada por las Comunidades Adsis, 33 quinceañeros y sus acompañantes comenzaban su peregrinaje a través de la fuerza de voluntad, el compañerismo y el autodescubrimiento.

Por Luís Hernández Plaza con la colaboración de los otros 32 “Caminantes”

Sin que nadie me lo haya pedido empiezo este post, esta noticia en la que devolver a mi corazón la emoción vivida durante 8 días. Pensaba que una imagen vale más que mil palabras y por eso quiero inundar este artículo de imágenes. Casi 600 fotografías compartidas en un destartalado grupo de Whatsapp no debían quedarse sin más en el ciber–espacio. Muchas, la mayoría, son de compartir.

Podría escribir un artículo resumen explicando cada complicada etapa; describir el fabuloso paisaje que León y Galicia nos han regalado; hacer un cómputo de ampollas (muchas) y lesiones (pocas); o podría explicar las reflexiones de la tarde. Estimado lector, has acertado: no voy a hacer nada de esto. Lo que me gustaría es subrayar + mayúsculas + cursiva + poner en rojo el proceso interior que, como acompañante, he visto brotar a mi alrededor.

Allá voy con los 10 pasos del camino:

Paso 1: La amistad elevada al cuadrado.

Todos, sin excepción, hemos experimentado una frase compartida en el camino: “El Camino lo hacen las personas que van a tu lado, no los kilómetros que andas”. Nuestros chavales son expertos en construir relaciones profundas, así lo han demostrado: solidaridad, escucha, entrega, cariño… el Espíritu ha querido que se quisieran tanto como para pensar antes en el otro.

Paso 2: Se puede vivir con nada y menos.

Aunque los helados se vendían a raudales en la (imprescindible y conjunta) parada de las nueve de la mañana, el camino ha sido una experiencia de austeridad. Cuando vives 8 días con “lo puesto”, te das cuenta de que el armario de casa es una exageración sin sentido. No son necesarios los lujos para experimentar el amor y la felicidad. Bastan dos camisetas, dos pantalones y poco más.

Paso 3: Quiero seguir. Aunque me haya roto.

Lesionarse no significaba abandonar. Los, por prescripción médica, que tuvieron que reposar unas horillas nunca quisieron parar. El camino es un reto físico también, y las ganas de superación nunca han faltado incluso para los que peor lo pasaron.

Paso 4: Nada de ir corriendo, mejor hablar con gallinas.

Cuando llevas dos o tres etapas en la espalda te das cuenta de lo genial que es tomarse el camino con tranquilidad y simpatía. Cualquier excusa es buena para preguntarle a una gallina dónde se encuentra la siguiente etapa. Y así, también te das cuenta de que todos los que tienes a tu alrededor, sí, los desconocidos, también tienen una historia que contar. Desde la dulce María de 7 años hasta aquel valenciano que “volaba” a los 75 años, todos han regalado una expresión distinta.

Paso 5: La Alegría de repartir felicidad.

Una de las dinámicas más populares consistía en repartir pulseritas a todos aquellos por los que los Caminantes hacíamos algo. Tragos de agua, cremas solares e incluso masajes pasaron de unas manos a otras, llevando a cabo una cadena de solidaridad que sorprendió. Por si esto fuera poco, los adolescentes también tenían que participar activamente en la limpieza y cocina en los albergues. Escaqueos aparte, se ha aprendido una gran lección: poner la felicidad del otro por encima de la mía y trabajar en equipo son, también, mi Alegría.

Paso 6: Me he mirado, he crecido.

Personalmente (y creo que esto lo comparto con el resto de acompañantes adultos), mirar a los ojos de los chavales me ha dado la confianza y admiración de sentir que han crecido, que han dado un paso definitivo hacia su adultez y que han superado barreras que ahora quedan atrás. Ninguno es el mismo, han brotado cosas fantásticas en cada uno.

Paso 7: Del no puedo al llego la primera.

“Soy capaz de conseguirlo” ha sido la frase más repetida, aunque no siempre fue así. Los primeros días, el cansancio y al desesperación hicieron mella en las esperanzas. Pero “tachán!”, muchos de los que empezaron el Camino de Santiago fueron escalando cada vez más y más posiciones mientras otros hablábamos con gallinas. La vida te demuestra que no tienes límites y tu fuerza te hace brillar.

Paso 8: Quiero conocerme más.

Porque puedo cambiar todo lo que no me gusta, quiero saber más de mí. Quiero escucharLE y escucharme y cada día aprovecho más las tardes en los pueblos del Camino para responder a mis preguntas y crecer como persona. Desde el clásico “¿Quién soy?” al “¿Qué quiero cambiar?”. Ha sido mágico escuchar la profundidad de las palabras que se han compartido.

Paso 9: Los motivos para ir al Camino.

Pasó en la etapa 7, la penúltima, cuando conocimos algunos de los motivos para comenzar esta experiencia. Motivos lanzados del corazón que nos emocionaron y cautivaron como pocas veces. Y te rindes ante la verdad: el Camino no es deporte, el Camino es un proceso con el que cumples un sueño, alcanzando los motivos que te llevaron a andar.

Paso 10: Entrar en Santiago y que retumbe el Obradoiro por sus cuatro contados “Sí se puede”.

Ese momento, EL MOMENTO, es uno de los más emocionantes que vivirás en tu vida. Las lágrimas caen, los abrazos son interminables, todos aplauden y cantan (“¡Yo he visto a Santi Compostela!”). Es el momento de felicitarse y de despedirse de una aventura que te deja un sabor dulce. Una aventura en 8 etapas, un montón de pueblos diferentes y 10 pasos.

Epílogo: Confiar

El reto más grande, a veces, es confiar. Confiar en un Padre Bueno, en Ese que nunca defrauda. Andar por la vida pisando con toda la planta del pie, para dejar huella y que, al mismo tiempo, todo lo que pasa alrededor te deje huella es lo que Él nos pide. Ninguna experiencia mejor que el Camino de Santiago para palpar este revolucionario mensaje.

La fuente que quita la sed. Crónica de una experiencia de encuentro en Taizé

En una ocasión visitó Taizé San Juan Pablo II, y en la iglesia de la Reconciliación, donde nos reunimos tres veces al día para rezar, dirigió unas palabras a los jóvenes explicando por qué se viene a Taizé y lo que la Iglesia espera de ellos:

“Se pasa por Taizé como se pasa junto a una fuente: el viajero se detiene, bebe y continúa su camino. Los hermanos de la comunidad quieren, mediante la oración y el silencio, permitiros beber el agua viva prometida por Cristo, conocer su alegría, discernir su presencia, responder a su llamada. Después, volver a partir para testimoniar su amor y servir a vuestros hermanos en vuestras parroquias, vuestras ciudades y vuestros pueblos, vuestras escuelas, vuestras universidades, y en todos vuestros lugares de trabajo.”

Con esta disposición, la última semana de julio nos juntamos 64 jóvenes que estamos en relación con las parroquias y comunidades Adsis de Asturias, Bizkaia, Canarias, Gipuzkoa, Madrid y Valladolid, además de los jóvenes Adsis de Rumanía con los que nos reunimos un día más tarde ya en Taizé.

Para quien nunca haya escuchado hablar de los Hermanos de Taizé, hay que decir que tienen su origen en la Segunda Guerra Mundial, cuando su fundador, el Hermano Roger, se dedicaba a acoger a los judíos, que eran perseguidos por los nazis y querían escapar de Europa. Una vez finalizada la guerra, decidieron establecerse en Taizé y crear un espacio de encuentro con jóvenes de todas partes del mundo y abierto a personas de cualquier creencia, para demostrarle al mundo que era posible la convivencia con personas de diferentes culturas y religiosidades. Esto hizo mucho por la unión de una Europa tan desestructurada como la que se quedó después de la guerra. Hoy en día, la comunidad está disponible para acoger a quienes deseen pasar por esta fuente durante todo el año, aunque los momentos de mayor afluencia son Pascua y los meses de verano, en los que pueden llegar a juntarse hasta 5000 personas, siendo unas 3000 las que llegan y se marchan cada domingo.

Cuando uno pone los pies en Taizé, hay que abrirse a la magia, a lo inesperado, y dejarse llevar. Cada uno va a Taizé para descubrir o redescubrir el sentido de su vida, para retomar aliento y prepararse para asumir responsabilidades al regreso a casa. Es una semana de convivencia donde se comparte todo con jóvenes de otros países y continentes en un estilo de vida muy simple.

Nuestro viaje comenzó en Madrid, salimos en autobús un sábado por la tarde desde la Parroquia de Las Rosas y fuimos pasando por Aranda de Duero y Donosti para recoger al resto de compañeros. Tras 20 horas de viaje llegamos al fin a Taizé y nuestro grupo fue acogido por Mª Ángeles, una voluntaria que ya había venido varias veces a Taizé, y por el Hermano Cristian, de Chile, a los que escuchábamos con atención sentados en el suelo y con nuestras camisetas naranjas Adsis-Taizé recién estrenadas. Nos explicaron dónde nos alojaríamos y las distintas maneras de vivir la semana en Taizé. Una de ellas era pasar la semana en silencio, que eligieron algunos del grupo, aunque el ritmo de una jornada típica era: comenzábamos el día a las 8h15 con la oración de la mañana, y luego desayunábamos a las 9h00. A las 10h00 tenían lugar los grupos de reflexión bíblica, que llevaban los propios Hermanos de Taizé, y que estaban separados en grupos según franjas de edad. Tras la charla, teníamos un poco de tiempo de reunión en grupos más pequeños de cinco o seis personas, en los que meditábamos y discutíamos a partir de las reflexiones que el Hermano había compartido con nosotros esa mañana. Estas reuniones eran momentos importantes del día, momentos en los que compartes tu vida y tu experiencia de fe con personas que han crecido y viven en culturas distintas a la tuya; pero no importa, porque estamos allí por algo más fuerte que nos une, una inquietud que nos impulsa a buscarle un sentido a la vida a través de los demás. En varias ocasiones escuché lo sorprendidos que se sentían algunos al descubrir la confesión religiosa de los que estaban con él en el grupo, pues llevaban varios días compartiendo sus vidas y hasta que no salió alguna palabra como “pastor”, o alguna otra palabra clave, no se daba cuenta de que el otro era protestante, o anglicano, o reformista, o luterano… Es decir, es más lo que nos une que lo que nos separa.

    Después de los grupos de la mañana teníamos una oración a las 12h20 y después, la comida a las 13h00. Después de comer había una hora de ensayo de cantos para todo el mundo, y luego otra hora para los que estábamos apuntados en el coro. Los cantos de Taizé son uno de los elementos clave de las oraciones; son canciones cortas, a cuatro voces, de una o dos frases, que se repiten constantemente a modo de mantra, y te ayudan a entrar en la meditación y el diálogo con Dios. Sentirse parte de cuatro mil voces, entonando uno de estos cantos en cualquier idioma, es una experiencia única que difícilmente se puede olvidar.

    El resto de la tarde se organizaba de forma más variada con otras actividades como talleres, encuentros por países, se continuaban algunos de los pequeños grupos de la mañana… Además, también había un lago donde podías ir en cualquier momento a retirarte en silencio.

    A las 19h00 se cenaba y a las 20h30 acudíamos a la oración de la noche; al terminar, podías ir al Oyak, un espacio destinado a reuniones más lúdicas donde siempre había bailes, juegos y muchas canciones populares de cada país. Otra opción era quedarse en la iglesia todo el tiempo que quisieras: después de la oración ya no había más actividades previstas y, junto a los cantos que no cesan, es fácil entrar en un estado de recogimiento y oración. Personalmente, prefería esta opción, y me quedé la mayoría de las noches acompañando los cantos, hasta que me daba cuenta de lo tarde que era y que había que irse a descansar. Hacer oración en Taizé ya es una experiencia en sí. Tiene un estilo propio: un pequeño texto de la Biblia leído en varios idiomas, silencio y cantos; con sólo eso se facilita los momentos de oración y el encuentro personal con Dios.

    Las oraciones del viernes y del sábado eran más especiales. El viernes se hacía la Adoración de la Cruz, en la que íbamos pasando poco a poco a la cruz de Taizé y, apoyando la frente sobre ella, podíamos pasar algunos minutos junto a Jesús. El sábado era la oración de Resurrección: cada uno teníamos una vela que encendíamos con la de nuestro compañero, y transmitíamos a los demás como signo del Amor de Jesús, vida que vence a la muerte.

    Una tarde tuvimos un encuentro muy especial con el Hermano Mikel, de Vitoria, que nos recibió a la hora de la merienda y pudimos intercambiar impresiones con él y nuestras experiencias personales que nos habían traído a Taizé.

    Otro de los momentos más bonitos de la semana fue la Eucaristía que celebramos todo nuestro grupo en la cripta que hay junto a la iglesia. Invitamos a unirse a algunos de los amigos que ya habíamos hecho y a Andrés, un joven de Adsis Joven de Santiago de Chile que nos reconoció por casualidad gracias a nuestras llamativas camisetas naranjas de Adsis-Taizé por las que ya nos conocían todos. ¡Todo un lujo de regalo conocerlo!

    En la mañana del domingo, ya el día de marcharse, celebramos una bonita Eucaristía en la que vivimos juntos una experiencia de comunión, como conclusión de una semana tras la que nos sentíamos con fuerzas renovadas y con la alegría de descubrirnos parte de algo mucho mayor que nos une en todas partes del mundo, con un lenguaje u otro.

    Después de pasar como pudimos el amargo rato de las despedidas, y agradecidos por la experiencia vivida, fuimos a comer a Cluny, un puedo a diez minutos de Taizé. Allí nos despedimos de los chicos de Rumanía y pusimos rumbo de nuevo a España, convencidos de que volveríamos pronto, y deseando transmitir toda esa paz y confianza con la que nos habíamos cargado. Taizé sí que es una fuente…

    Jose Manuel García Gollonet

     

    Camino de Santiago´14: El Turista exige, el peregrino agradece

    El Camino empezó el día anterior a comenzar a andar. Desde que empezamos a preparar el macuto, con la incertidumbre de si cabría todo o no, de si llevábamos demasiado peso en la mochila…

    Había muchas inseguridades porque te habían contado que era muy duro, que había que andar mucho… y sí, había que andar mucho pero para nada como lo pintaban: en buena compañía todo se hace más fácil y llevadero.

    Desde que nos juntamos el primer día todos: los de Bilbao, Salamanca y Madrid hubo una gran amistad, compañerismo y sinceridad entre todos. No hubo ni un solo problema a lo largo del Camino. Fue todo perfecto, entre risas y música.

    La primera etapa, O´Cebreiro, fue una de las más duras, pero a la vez muy bonita. Sí costó llegar pero siempre había alguien a largo del trayecto que te deseaba “buen camino”, raro era el que no lo hacía. Tras esta etapa llegaron otras como Triacastela, Sarria donde nos empezamos a abrir a los demás, e incluso a gente que no conocíamos de antes y que no venían con nosotros como dos cordobeses y un grupo de sevillanos o Lucas, un chico de 10 años de Burgos que hacía el Camino con su abuela.

    Los días se pasaban volando, compartiendo tu tiempo con los que te rodeaban. Llegamos a Portomarín, Palas de Rei, Ribadiso do Baixo, Pedrouzo y por fin a Santiago.

      Una vez que llegamos, la alegría nos invadió a todos. Teníamos una sensación de satisfacción muy grande y todos vimos como el esfuerzo realizado los días anteriores había merecido la pena. Todo eran risas, canciones y fotos con la catedral. Fuimos a la misa del Peregrino y nos dieron nuestra Compostela (un diploma que certifica que has realizado el Camino). Éramos muy felices pero también sabíamos que tocaba despedirse de la gente, de toda esa gente con la que habíamos compartido todos esos momentos.

      La experiencia del Camino nos enseña a valorar todas las pequeñas, esas que tenemos a diario pero que no agradecemos, como un simple Cola Cao caliente. Porque en el Camino se aprende que el peregrino no exige, sino que agradece.

      En el Camino se aprende a vivir con lo necesario. No necesitamos muchas comodidades que en verdad nos distraen de los verdaderamente importante: la gente, ya que con una buena compañía lo demás da igual. La importancia de una piedra en el Camino, es la gente que la ha pisado contigo.

      Nos dijeron que el Camino es una metáfora de la vida: te enseña a agradecer y a ver lo que sobra y lo que de verdad importa, lo que metemos en la mochila.

      Y como estos días aprendimos a agradecer, agradecemos a todos nuestros compañeros peregrinos que han estado con nosotros y nos han hecho pasar un buen camino.

      No hay palabras para describir la experiencia, pero la mayoría del grupo tenía ganas de repetirlo, porque es una experiencia que de verdad cambia a las personas a mejor.

      Supervivientes 2014

      Como cada año el proyecto Oinezku organiza una acampada de 4 días para finalizar el curso con los niños/as que participan en el proyecto. Gracias a la idea de una antigua “niña” se da nombre a la temática de este año: Supervivientes 2014.

      El primer día tuvimos la suerte de poder vivir como los supervivientes de la televisión ya que tras llegar a Zaldu nos encontramos una gran sorpresa: No había agua debido a una avería en la tubería del pueblo. A pesar de esta problemática, aguantamos muy bien, pudimos comer, beber agua y lo mejor de todo, disfrutamos mucho del primer día.

      Contactamos con el “jefe” vía satélite y nos ayudó a crear los grupos y las normas de convivencia. Tras esto nos fuimos al frontón del pueblo para disfrutar de una serie de juegos con el paracaídas, para terminar jugando a fútbol, y, para darle mayor emoción, competíamos chicos contra chicas. Por supuesto, las chicas fueron las triunfadoras de este gran juego. Para finalizar el día, después de cenar y recoger todo, llegó la noche más esperada por los niños/as: La noche de miedo. Unos piratas zombies robaron la comida y los niños/as tenían que recuperarla. Fue fantástico, a pesar de algún que otro lloriqueo, disfrutaron mucho.

      Durante el segundo día el tiempo no nos quiso acompañar mucho, por lo que se realizó el taller de piñatas. Quedaron todas muy bonitas, y resistentes, porque ya comprobamos que a pesar de los golpes tan fuertes que les dábamos no se rompían. Pero conseguimos sacar el premio que llevaban dentro.

      A la tarde hicimos juegos varios, totalmente improvisados ya que se puso a llover mucho y tuvimos que quedarnos dentro de la casa. Sin embargo, disfrutamos mucho jugando a través de juegos cooperativos: el juego de la silla, ordenarse cronológicamente por edad sin hablar, explotar globos con el culo, equilibrio en las sillas… Como el tiempo no mejoraba y nos quedaba tarde por medio vimos una película: FROZEN, El Reino de Hielo.

      “Hola, soy Olaf y me gustan los abrazos calentitos”

      Para acabar el día, se hizo la caja musical, la cual consiste en meter pruebas en una caja que se pasa de mano en mano al son de la música y cuando ésta para el que tenga la caja deberá coger una prueba y realizarla. Como nos gusta dar besos, cambiarnos de ropa con gente del sexo opuesto, hacer declaraciones de amor… ¡Qué bonito y divertido rato!

      El tercer día, el tiempo parecía no acompañarnos mucho, pero nos atrevimos a ir al frontón a jugar para luego decidir ir a las esperadas y ansiadas piscinas de Sodupe, con el mérito de todos/as ya que fuimos y volvimos andando, y aguantamos como campeones. Para poner fin a la acampada esa noche hicimos una pequeña fiesta en la cual jugamos, vimos las fotos, comimos y bailamos, y lo más importante de todo, nos reímos mucho. Además, se repartieron premios a todos los grupos, ya que todos/as ganamos.

      El cuarto y último día, se dedicó a recoger y limpiar la casa, se jugó un poco y después de comer, con mucha pena, nos despedíamos de Cayo Zaldu 2014, porque era el momento de volver a nuestras casas.

       

      Jóvenes Adsis en Taizé

       

      Un numeroso grupo de jóvenes Adsis está finalizando una experiencia inolvidable en Taizé. Esperamos impacientes una crónica de estos días. Mientras tanto os dejamos con esta foto grupo que realizaron ayer mismo.

      Colonias urbanas en Bilbao

      Estas navidades organizamos un campo de trabajo en Bilbao en el que participamos 7 jovenes y 3 monitores que organizamos y dinamizamos junto con los voluntarios y voluntarias de Oinezku las colonias urbanas para los niños y niñas del proyecto.

      Fueron 4 días intensos, empezamos el primer dia jugando con los niños en los locales que nos dejó la parroquia de San Francisco Javier. Antes aprovechamos los participantes del campo de trabajo para conocernos y compartir las ilusiones y expectativas que teníamos cada uno.

      Los 2 días siguientes fueron los más intensos. Primero en el PIN, con las barracas , las colas, los juegos, la comida juntos, el bingo… Y al día siguiente realizamos una gymkana por Bilbao y fuimos a patinar al pabellón de la Casilla. Dos días con mucha actividad y con mucho tiempo para jugar, conocernos y aprender juntos.

      Y el último día tuvimos un regalo inesperado. Gracias a Alex, conseguimos unas invitaciones para el Guggenheim, donde realizamos una creativa gymkana por el museo y paseamos por las esculturas de Richard Serra.

      Y, como último día, tocó el momento de despedirnos de los niños (con lágrimas incluidas). Después, los participantes valoramos la experiencia. Todos teníamos cara de cansancio, pero también se nos dibujaba una sonrisa al hablar de algún niño, contar alguna anécdota o simplemente recordar en silencio alguna sonrisa o mirada, de esas que quedan en el recuerdo de 4 días tan intensos y agradables.

      Muchas gracias a Ainhoa, Leire, Martín, Alex, Lucía, Irati y Ander por compartir estos días.

       se nos dibujaba una sonrisa al hablar de algún niño, contar alguna anécdota o simplemente recordar en silencio alguna sonrisa o mirada. 

       

       

      Recordando el Cottolengo

      Sitúate en medio de la gran vía Barcelonesa, ¿Qué ves? Gente corriendo en direcciones opuestas, un murmullo incesante, el tráfico, mil y un colores diferentes haciendo que te enamores de la ciudad. Te mueves. Se divisan las torres de la sagrada familia a lo lejos. Te giras. Percibes la tranquilidad del mar. Levantas la vista.  Las nubes se mueven en su curso natural. Te dispones a bajar la vista cuando a lo lejos, en una de las colinas, ves un cartel. La curiosidad te puede y enfocas la vista para leerlo. Ves que, con letras simples de color azul, el cartel te da la bienvenida a Cottolengo del Padre Alegre.

      Lo que jamás imaginas es que dentro de ese edificio se encuentra un mundo totalmente alejado al tuyo, un mundo donde la generosidad impera y el cariño se siente en todas las esquinas. Dentro, religiosas de la Congregación de Servidoras de Jesús del Cottolengo junto con voluntarios y enfermos forman una familia poco común pero inigualable.

      Al salir el sol, las religiosas se disponen para comenzar el día. La rutina, que ya está grabada en la memoria de todas, comienza. En medio de esta rutina los voluntarios de la ciudad aparecen y desaparecen por momentos, todos aportan su granito de arena haciendo que esto forme parte de su vida. En alguna ocasión, los que aparecen por allí son grupos de voluntarios. Venidos de diversos lugares del mundo, estos se sumergen en la vida del Cottolengo por unos días que no les dejaran indiferentes. Este fue nuestro caso.

      Una mañana de julio como cualquier otra, llegamos a la puerta blanca del Cottolengo. Nerviosos, hicimos el recorrido que repetiríamos durante cinco días. Sin saber muy bien a que nos disponíamos, nos dividimos en grupos y cada uno comenzó con su labor. Subiendo por las plantas de la residencia nos encontramos con los primeros enfermos, el primer contacto fue realmente impactante. Descubrimos una realidad que hasta el momento no habíamos siquiera imaginado. Para cuando cada grupo llegó a su lugar de trabajo, ya era la hora de la comida y la primera tarea consistió en dar de comer a esos pacientes que tan descolocados nos habían dejado.

      Observándolo ya desde la distancia, vemos todo lo que esos cinco días nos aportaron. Hemos aprendido a apartar los prejuicios. A ver lo bello que hay dentro de cada persona. A dejar que lleguen a nuestro corazón. A que muchas veces las palabras no importan sino lo que trasmitimos con nuestros gestos.

      En el comedor, los olores se mezclaban con los ruidos de las sillas y una melodía que nunca olvidaremos. Con manos temblorosas y sintiéndonos totalmente fuera de lugar conseguimos llevar a cabo lo que debíamos hacer. Cuando terminamos y nos reunimos entre nosotros el sentimiento era común, todos estábamos completamente perdidos y abrumados. Todos compartíamos el mismo miedo, el de no saber tratar con aquellos enfermos que padecían discapacidades muy complejas y delicadas. Pero para nuestra sorpresa, conforme iban pasando las comidas y las cenas pusimos cara, nombre e historia a los pacientes, comenzamos a sentirnos menos temerosos y a acercarnos más a ellos. Aunque para ser honestos, fueron ellos los que se acercaron a nosotros. Fueron ellos los que nos trataron como amigos/iguales. Fueron ellos los que nos hicieron sentir que estábamos en casa.

      Cuando pasábamos con nuestras batas blancas por los pasillos llevando el carrito de la comida, alguna se nos enganchaba por detrás o nos pisaba con su silla de ruedas mientras se reía pícaramente. Estos momentos son los que nos hicieron sentir en familia y serán los que por siempre se guardarán en nuestra memoria.

      Poco a poco fuimos deshaciéndonos de ese miedo inicial y llegó el momento en el que comenzamos a dar lo mejor de nosotros. Sin el temor que nos frenaba nos lanzamos de lleno en las relaciones que estábamos tejiendo y nos dejamos invadir por las sensaciones que nos trasmitían las personas del Cottolengo. Viendo así las cosas, diariamente esperábamos deseosos el momento de volver allí para poder reír junto a ellos.

      Con todas las emociones que estábamos sintiendo en aquellos momentos, no nos dimos cuenta de que el final de esta experiencia se acercaba. El último día nos pilló casi por sorpresa. Como siempre, intentamos dar lo mejor que teníamos pero por dentro sentíamos un vacío cada vez mayor. Vimos pasar las horas rápidamente hasta que llego el momento de decir “hasta luego”. Como todas las despedidas, esta también fue amarga y no pudimos evitar dejar caer alguna lágrima.

      Observándolo ya desde la distancia, vemos todo lo que esos cinco días nos aportaron. Hemos aprendido a apartar los prejuicios. A ver lo bello que hay dentro de cada persona. A dejar que lleguen a nuestro corazón. A que muchas veces las palabras no importan sino lo que trasmitimos con nuestros gestos.

      Por todo esto, agradecemos la oportunidad que se nos ha brindado y a todas las personas que han hecho que esta experiencia sea única.

      Uxue Díez Guiral

       

      Nomadak: pokito a poko entendiendo…

      Andaba perdida de camino pa la casa

      Cavilando en lo que soy y en lo que siento
      Pokito a poko entendiendo
      Que no vale la pena andar por andar
      Que´s mejor caminar para ir creciendo

      Volveré a encontrarme con vosotros
      Volveré a sonreír en la mañana
      Volveré con lagrima en los ojo
      Mirar al cielo y dar las gracias

      Pokito a poko entendiendo
      Que no vale la pena andar por andar
      Que es mejo caminar para ir creciendo
      Pokito a poko entendiendo
      Que no vale la pena andar por andar
      Que es mejo caminar para ir creciendo

      Mirarme dentro y comprender

      Que tus ojos son mis ojos
      Que tú piel es mi piel

      En tú oido me alborozo
      En tú sonrisa me baño
      Y soy parte de tú ser
      Que no vale la pena andar por andar
      Es mejo caminar pa ir creciendo.

      Pokito a poko entendiendo
      Que no vale la pena andar por andar
      Que es mejo camina para ir creciendo
      Pokito a poko entendiendo
      Que no vale la pena andar por andar
      Que es mejo camina pa ir creciendo

      Volveré a sentarme con los mió
      Volveré a compartir mi alegría
      Volveré pa contarte que he soñado
      Colores nuevos y días claros
      Volveré pa contarte que he soñao
      Colores nuevos y días claros

      Colonias Urbanas en Santiago de Chile

      Por cuarto año consecutivo, se realizaron en Santiago las colonias urbanas. Una gran experiencias para los jóvenes, en la que participaron 15 voluntarios y voluntarias en una actividad desarrollada en los primeros días de enero. En total unas 80 personas participaron en la actividad entre niños, niñas y las familias.

      Accede al  testimonio de una de las jóvenes que han participado en la actividad.