Cuento: La isla del tesoro y del sol

Vivimos tiempos de naufragio colectivo, dicen los expertos, donde la única orden que todos obedecen es ésta: “¡Sálvese quien pueda!” Nuestro mundo en crisis parece haberse transformado en una gran Micronesia o Polinesia, plagado de islas, separadas unas de otras por un infranqueable océano no muy pacífico.

¿Qué ocurre después de un naufragio? Si se ha tenido suerte, comienza la supervivencia. La preocupación no es soñar un hermoso futuro, sino salir adelante este minuto, este minúsculo aquí y ahora, aferrados al madero que todavía flota y ojalá me pueda llevar a alguna orilla. Tantos náufragos procuramos otear el horizonte para descubrir alguna isla, en medio del océano, algo de tierra firme. “¡La hemos encontrado, menos mal, y está desierta!”. El siguiente paso será preguntarse si es mejor vivir que morirse ya; es mejor vivir, decidimos, aunque la cuestión no será “vivir para qué” o “hacia dónde”, sino la humilde y simple, la única posible y necesaria, que es ésta: “¿cómo?”. Cómo encontrar comida, techo, compañía… La isla está desierta, al menos hasta ahora, y sólo reconocemos el rostro de los antiguos compañeros del barco que se hundió.

La vida cambia para los náufragos: la profesión que estudiaron, ser marinos o pescadores, no les sirve porque están sin barco; cambian su domicilio, ya no el puerto del que zarparon sino una isla sin clara ubicación, un problema para los carteros. También cambian de identidad porque cuando nadie me pregunta “¿quién eres?” se va desdibujando la conciencia de quién soy.

 

¿Cuáles son las ocupaciones de los náufragos? Hay varias, que van llenando la jornada. Buscar comida: un coco de alguna palmera, un pescado, algunas hierbas, una lagartija… Domesticar algún animal que nos haga compañía, enseñando a hablar a un loro, o convirtiendo en amigo a un zorro, copiando al Principito. Otear el horizonte para ver si alguien viene en nuestro auxilio. Buscar el modo de hacernos visibles y dar signos de vida haciendo una fogata, y luego señales de humo cuando se haya apagado el fuego; también dar voces gritando juntos, aunque es difícil ser escuchados en medio del océano. Podríamos escribir un mensaje y meterlo en una botella que se tira al mar, a ver si alguien la encuentra y la puede leer. Recordar el pasado pensando que fue hermoso mientras duró. Y entre medio de todas estas actividades, preguntarnos, en voz alta o en silencio, si cambiará nuestra suerte.

Un día que los supervivientes levantaban piedras del suelo para construir sus edificios vieron una gran piedra, y se dijeron unos a otros que podría servir de cimiento de la choza; la levantaron entre varios con grandes esfuerzos y ¡vaya sorpresa! debajo encontraron un cofre de madera que, al abrirlo, estaba lleno de un tesoro, brillante e inmenso. Algún pirata o corsario la habría guardado esperando recuperarlo, pero no. ¡No contaban con nuestra astucia! El descubrimiento les llenó de alegría y les cambió la mirada, que lo expresaban casi cantando: “¡Ya no vivimos en una isla desierta; vivimos en la isla del tesoro!” “¡No somos náufragos, somos buscadores de tesoros!” Cuando se reunieron con los otros isleños para relatarles la gran noticia, escucharon otro anuncio sorprendente, contado por los que se habían sumergido bajo el agua de la costa para conseguir algún alimento, por ejemplo un pez o un marisco; habían encontrado ostras, y dentro de ellas, algunas perlas preciosas. ¡Una suerte inmensa! Los pescadores también daban brincos y exclamaban: “¡No somos supervivientes, somos comerciantes de perlas finas!”

 

Llenos de ilusión, todos se hicieron nuevas preguntas: “¿cómo ofreceremos los tesoros de nuestra isla? ¿A quién contaremos esta gran noticia? ¿Cómo nos daremos a conocer?” Se propusieron hacerse visibles pero no ya con el fuego de una hoguera día tras día, al precio de cortar todos los árboles de la isla. Pensaron algo mejor. Organizaron un concurso de ideas preguntándose por el atractivo principal de la isla. La idea ganadora fue ésta: “Somos la isla del sol” porque cada día el sol se refleja en nuestras orillas, por delante al amanecer y por detrás al atardecer. Si sabemos vendernos, nuestra isla se llenará de turistas de todo el mundo, muchos jóvenes trotamundos, no para vernos a nosotros, sino para contemplar el sol reflejarse en el mar como una barca de oro que se va acercando hasta la orilla hasta llenarnos de su luz, cada día sin excepción.

La idea funcionó. Los antiguos náufragos aprendieron nuevos oficios relacionados con ofrecer los atractivos de la isla: barqueros para traer y llevar a los turistas, anfitriones de sus casitas convertidas en hostales para alquilar al menos una habitación o dos, cocineros de ostras y peces, artesanos de arte autóctono, músicos de nuevas melodías, pintores de la isla coloreada según el momento y ángulo de la luz, y hasta dibujantes de hermosos tatuajes en la piel de los visitantes, para que el recuerdo sea imborrable aunque pasen treinta años. La isla del sol cada vez está más visitada, por el boca a boca de los visitantes a sus amistades. ¿Quién será el siguiente?

Alfonso López
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